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Nos contamos como éramos. Nos gustábamos, o eso creía yo. Creía ver en tus ojos un brillo especial que no veo en algunas amigas. Supongo que fue eso lo que me hizo zozobrar más tarde.
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Cuando me acariciaste la mano casi sin querer se confirmaron mis sospechas. Estaba bastante colado por ti, pero no pensaba demostrártelo. No quería que pinchases el globo de la ilusión.
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Acabamos en la cama, y fue genial. Recuerdo una frase estupenda: no hay prisa, tenemos toda la noche.
Al día siguiente yo tenía que irme del país por un tiempo. Podías ( y puedes) llegar a mí de varias formas, solo era cuestión de proponérselo, pero no. Quién me iba a decir a mí que sí, que tenías razón, que esa era toda, y la única, noche que teníamos. Desde entonces, nos hemos empeñado en tenernos solo en sueños.
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Menuda mierda, estos amores modernos.