Después de tantas cosas compartidas, de tantas veces quedarse dormida sobre mí en el sofá, de tantas comidas juntos, de acurrucarse sobre mí en la cama, de susurrarme, de morderme cuando se enfadaba, de ponerme ojassos, se fue.
Mi bestia se ha tenido que ir. O mejor dicho, yo provoqué su marcha.
Pero no paro de llamarla cuando cae la noche. La echo terriblemente de menos. Y lloro, muchas veces.
Ahora que veo el final cerca, con el proyecto fin de carrera a punto de entregar, recuerdo cómo han sido de duros todos estos años.
Cuando desde ¡siempre! no se está acostumbrado a hacer algo, cuesta modificarlo. Al principio, inexperto ante las nuevas estaciones que me acontecían, creía que con estudiar una hora sería suficiente... hasta que me encontré con la decepción de frente, golpes duros de la vida. Poco a poco, con tesón, con los años, aprendí a entregarme más y más, a echarle horas a los libros, a aprender, aunque por supuesto necesité la ayuda de mis allegados. Uno no aprende por inercia. Para saber siempre hay que escuchar antes. Era un objetivo que quería conseguir. Era mi vida futura lo que buscaba.
Aprendí a cambiar por la causa, y al final parece que merecerá la pena.
Sed fuertes, y luchad por lo que queréis. Si tenéis que cambiar vuestros métodos, hacedlo. Se trata de ser feliz, de ir en busca de la felicidad;sí, como la durísima película protagonizada por Will Smith, donde sale la cita simple y cierta: Si quieres algo, ve a por él.
El amor, como un fuego incandescente, compuesto siempre de llama y leña.
Mezcla indispensable de los dos elementos, tan necesaria la materia prima como la combustión posterior. Se dice en temas de pareja que uno mas uno no son dos. Ocurre aquí lo mismo.
La llama se fue, apagada por noches de falta de ganas, de furias masticadas y no digeridas, de deseos ocultos anhelados y no consumados. Se fue de visita a la casa de al lado, donde la lumbre era propicia. Se fue de turismo a otro bosque, donde la variedad de coníferas era un plato irresistible para el paladar.
El amor siempre entre dos estados, bamboleándose desquiciado, efecto Doppler, de la felicidad desorbitada a la oscuridad de la rutina no deseada. Del amor al cariño hay una línea mucho más delgada que al deseo, y la llama sabe perfectamente como saltar ambos dos precipicios, sintiendo especial predilección por uno.
La llama saltó; se agotó en este amor, se fue, te fuiste.
Y yo me quedé con el otro componente, solo, inerte, hecho leña.