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domingo, 21 de febrero de 2016

La vida que es, en realidad, dos vidas

Tengo 18 años.
Me echo una novia rubia, empiezo a estudiar Derecho, no me gusta beber alcohol ni fumar y mato por sacarme a la calle bajo cualquier pretexto, no me gusta pasar tiempo solo. El último salto de la adolescencia al vacío se hace con los ojos casi vendados.

Tengo 36 años.
Adoro a una novia pelirroja, pienso y decido estudiar Modelismo, me fumo un porro antes de dormir y cato las mejores bodegas de España (salvo Ribera y Rioja, claro). Paso mi tiempo disfrutando de mi adosado con jardín, puteando a mi perro al tirarle del rabo, ante la mofa generalizada.

Elijo tener una segunda vida opuesta a mi primera. La madurez mesa dulcemente las canas de mi paciencia.

lunes, 3 de junio de 2013

Troncos inestables

A medida que pasaba por ese campo, la vegetación se fue haciendo cada vez más escasa. Aridez infinita salpicada por los pocos y pobres árboles calvos que se divisaban de tanto en cuanto. Como percheros en los que nadie quiere colgar su abrigo, esos troncos inestables se me antojaban poco fiables, me generaban inseguridad, y conforme la noche se acercaba, bastante miedo.

Pese a que no me atreví a acercarme a ninguno de ellos durante algunos días, al final el azar del viento me hizo pasar rozando uno. Ese mismo árbol que me rozó y desgarró la ropa, me metió una rama en un ojo y me puso una zancadilla con la raíz.

El mismo tronco inestable que me empujó a comer fango de bruces, a ver el suelo a ras, a sentir impotencia es el mismo leño que me ha hecho ver la luz que él no desprende cuando me he levantado y he mirado hacia el otro lado del vasto terreno del mundo.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Malditos labios rojos

Viernes de desgana, como el resto de la semana. Dispuesto a no quedarme un día más en casa y volver a la realidad, con el último de mis alientos decido ir a hacer un poco de deporte.

Empiezo a combatir sin apetencia, demasiada gente, apesta a sudor, el calor es asfixiante. No ha sido buena idea ir ya que mi cabeza sigue lejos, todavía hundida; redundan aún esas palabras mortificantes. Han transcurrido ya dos canciones y nada, no consigo ubicarme. De repente, este siguiente tema suena estimulante, poco a poco empieza a subir la cadencia. Entonces sucede el definitivo golpe de efecto: observo realmente su intensidad, su fuerza, su energía y su sonrisa. Y ese preciso instante, como posesa, grita: vamooooooooooooooooooooooooosssssssssss! justo en el momento en que Blade empieza a repartir patadas en el estómago. Es única, insufla vida. De repente el caos se vuelve orden, todo el mundo al unísono oscila de un lado hacia otro en una rigurosa coreografía agresiva . Siento vibrar cada una de mis células, ¿es por la música o por ella? Salto, brinco, muevo los brazos, me desplazo a los lados con la sonrisa puesta, no me la quiero quitar. Esta niña me hace sentir vivo, me vuelvo a dar cuenta de tan terrible efecto. Es hora de aceptarlo. Me alegra el día.

 …

No puedo dejar de mirarla. Esa energía desbordante, la ropa holgada, como le cae la camiseta desde un hombro, los movimientos seductores, cómo se aparta el pelo de la cara. Sus labios. ¡Esos labios! ¿Fue siempre así? ¿Dónde miraba yo antes que no la veía? Sigo bailando al ritmo que marca su cuerpo, la imito, me gusta cómo se mira en el espejo. Yo, en cambio, no miro el espejo, ésta vez no, el espejo me distorsiona sus formas suaves, prefiero mirarla de frente.



Termina la jornada y ella sale corriendo. A mis inquietos oídos llegan fortuitamente molestas noticias. El reverbero de su voz aún resuena en las paredes, rebotando hasta impactar en mis tímpanos. Esta desolación me pilla de sorpresa. Como una exhalación vuelvo a casa, rumbo a la ducha tibia. Y de nuevo labios rojos y más labios rojos. Me persiguen. ¿Con quién van a dormir esos labios rojos esta noche? Me siento un niño con una caja de Alpino en las manos, enfadado y pataleando porque no puedo jugar a mezclar esos colores con mis sábanas negras hasta que salga el sol.


Creo que me he enamorado de los labios rojos de Jane Joyd. 

No me meteré donde no me llaman. Run, horse, far. Run, run, run,run…


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domingo, 29 de enero de 2012

Distancias inadecuadas

Hectómetro, milla, pulgadas,…

Te mido. En unidades de longitud distintas a la base. Pero sin regla. Te mido en base a las sonrisas que me salen a tu lado. A la extroversión que experimento. Al índice de confiabilidad. A la credibilidad que me causas, y que me provocas.

No es fácil medir personas, aunque creo que aprendí a hacerlo. Normalmente tengo un patrón estándar y, por mi timidez oculta, no dejo que nadie se acerque más allá de la distancia idónea. Cada uno ocupamos una distancia en mi espacio difícil de sobrepasar. Cuando te intentas acercar más, me echo para atrás sin que te des cuenta. Salta el escudo. Pongo la barrera. Siempre ha sido así. ¿Cobardía? A quién le importa. Sucede.

Con ella no es así. A ella la dejo que entre y salga a su antojo. Y es dañino. Que me viole los centímetros, que raspe las reglas de madera y se coma un trozo. Que luego lo escupa si quiere. Es la dueña de mi distancia, y soy incapaz de pararla.

Mi Musa el otro día me lo dejó más que claro con sus sabias palabras, con su visita sorpresa a la ciudad del azahar, con su vestido de campanilla para domar a mi Peter Pan eterno, con los consejos que no pido y que tanto bien me hacen. Me constató que ella me gobierna, que a ella le abro de par en par la antesala de mi invulnerabilidad. Y pierdo no solo los papeles, me roba todo: abre los cajones, exaspera a mi gato, tira al suelo mi biblioteca, se fuma mi tabaco, se pone de pie en mi cama. Le doy la mano y me coge el brazo, la distancia se comprime, implosionan los cuerpos.

Ella. Maldita ella. Mi ella. Mi mitad imperfecta.

Gracias, Musa. Gracias por saber medir, y enseñarme a medirla, a medirme. Pero qué difícil es mantener la distancia adecuada.



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domingo, 23 de octubre de 2011

Thinking of you

Esta semana, por ciertas circunstancias me sorprendo pensando en ti demasiado. Si eres buena conmigo, seré bueno contigo.

Think.


Demasiado.


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miércoles, 12 de octubre de 2011

Tendederos

- Encantado de conocerte - le dije, lo más sonriente que pude.
- Lo mismo te digo - me respondió, un poco rancia.

Nos dijimos adiós tras esa fugaz presentación tímida en mitad de la calle, y cada uno marchó en sentido opuesto. No sé qué pasaba por su mente, pero en mi cabeza no paraban de repiquetear una y otra vez, batería, doble bombo, las mismas preguntas: ¿qué perfume usará? ¿Le gustará el mismo tipo de ropa interior de chica que me gusta a mí? ¿Qué tipo de ropa llevará? Espero que no sea pija. ¿Cuál es su libro favorito? ¿Le gustará de verdad leer, o simplemente lo pone como hobby estándar? ¿Me invitará a ver la última de Woody Allen como sorpresa? ¿Dónde querrá que vayamos de vacaciones? ¿Nos daremos un baño los domingos escuchando Maria Bethania de fondo?¿En qué momento va a querer besarme? ¿Qué piensa del arte, la cultura?


Imaginarme por su casa, escudriñando cada detalle de los cuadros o de las baldas de las estanterías; pasearme por su biblioteca e inclinarme para leer lateralmente los títulos. Abrir su armario de par en par y quedarme embelesado por la explosión de colores y formas de sus atuendos. Que me hable de sus preocupaciones, de sus ilusiones. Que me coja de la mano en el parque. Que me abrace, que sepa cuando lo necesito.

Quiero averiguarlo.

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miércoles, 7 de septiembre de 2011

CV (uno)

¿Te puedes enamorar de una persona simplemente leyendo su CV?


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domingo, 12 de junio de 2011

El tiempo

Tenía que ocurrirme, y me ocurrió.

Perdía el tiempo en supérfluas personas de dos lavados a medida que ella se cansaba de esperarme. Deambulaba de un lado para otro con la misma cantinela sobre la sociabilización y el libre albeldrío mientras ella esperaba solitaria a que yo reaccionase. Hacía mi vida egoísta y unipersonal, justo en los momentos en los que ella más podía darme.

Dejaba escapar mi vida con ella, imbécil de mí, no podía saber en ese momento que nadie me haría nunca tan feliz. Dejaba pasar los días, ajeno a que cualquier artista, cualquier sabelotodo, cualquier alma buena la iba a encandilar tarde o temprano.

Hasta que hace unos días, la llamé para compartir unas anécdotas, y una voz masculina me recibió con solemnidad, me revolcó el alma en el rompeolas del estómago, y me puso en mi sitio.

- Ahora es tarde, chico. No sé a qué esperabas, no sé si creías que ella iba a estar ahí toda la vida esperándote.

Desdibujé mi sonrisa perfecta y ensayada, y lloré, amargamente, en la privacidad de mi alcoba.


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miércoles, 23 de marzo de 2011

Noches de blanco satén

Tú no lo sabías, pero sin apenas hacer nada, ya me encantabas. Me encantaba tu forma de sonreír, me encantaba tu capacidad de sorpresa al escucharme, me encantaba como andabas a mi lado, me encantaba como me mirabas, con esos ojos caídos.

Esa noche salimos a tomar algo casi en secreto, como dos quinceañeros que empiezan a tontear. Esa noche estabas guapísima, con ese vestido blanco espectacular. Un escote de vértigo me invitaba a asomarme al atractivo acantilado, a que la locura quisiese al abismo más que siempre. Unos ojos muy perfilados que me clavaban a la silla. Tu pelo, ondulado, salvaje...

Salimos de tapas, con la maldad de acompañarlas de una cerveza muy fría, idónea para empezar a perder el control. Quería que me invitases a tu casa, esa casa que quería recordar por mucho tiempo, ese dulce edén donde yacer abrazados durante algunas horas, reír, hacer travesuras que ya quisiese la niña mala… hasta que las manecillas del reloj nos hiciesen volver sobre nuestros pasos y casi a la realidad de la indiferencia.

Te despedí. Despeinada y somnolienta. No podías estar más guapa.

Al llegar a casa, me mandaste un mensaje. No decía gran cosa, pero me lo mandaste, sin saber qué pensaría del mismo. No sabías que me acababa de enamorar de ti.


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lunes, 20 de diciembre de 2010

Mi casa... teléfono...

Ella me ciuda. Ella me protege. Ella se lleva mis demonios. Ella me sonríe. Ella me abraza. Ella me guía. Ella hace que no tenga miedo a las barreras. Ella me mima. Ella me besa. Ella me hace regalos inesperados. Ella me gusta. Ella me quiere. Ella es preciosa.


Ella mira de una forma como ninguna otra. Ella coge de la mano como ninguna otra. Ella me resguarda del frío como ninguna otra. Ella.. solo ella.


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lunes, 30 de agosto de 2010

No puedo vivir sin ti

Anoche soñé de nuevo con ese paisaje bucólico que se repite eventualmente en mi vida narcótica. En ese sueño, a veces, aparece ella, se deja ver, se deja seducir, me deja disfrutar de sus formas, me despereza el alma.

La musa.

Anoche decidió aparecer. Tan bella como la recordaba, con esos cabellos largos mecidos por el viento y esa mirada punzante. Se acercó, y me pidió que la acompañase. Todo sucedió de forma perfecta entre los dos. Correteábamos por calles imposibles, tomábamos imposibles combinados de jugos minerales, descansábamos mirándonos a los ojos, hacíamos manitas.

Pasaba el tiempo. La musa parecía que se iba, se desvanecía, la musa se quedaba, se hacía carnal. Ser intermitente, me embelesaba.

Después de una noche de amor gloriosa, no pude sino quedarme ensimismado en su contorno, en ella, mientras se recostaba e intentaba descansar. Mientras yacía repasé su cuerpo con mis manos temblorosas entretanto que le volvía a susurrar las palabras más bonitas que tenía para un ser tan especial, aunque ella no las oía; ya había saltado a otro sueño más profundo. Al tiempo, agotado de ser tan feliz, yo también caí ante Morfeo.

Desperté bajo el atropello de la alarma del móvil. Maldita rutina que me hacía volver al hastío. Ahora miro el reloj continuamente, en aras de que llegue la noche, que llegue una noche en la que soñar de nuevo con ella, si es que quiere aparecerse.


martes, 10 de agosto de 2010

Mi mujer, de David Jgurú

Mi mujer tiene dos pies distintos, con una talla distinta cada uno, cada cual con su propio tamaño, con su propia jerarquía, con su propia disposición. Sus pies son independientes el uno del otro. Uno apostó por establecerse en un momento determinado, el otro siguió avanzando.

Yo los conozco. Los he mirado mucho. Los he tocado. Los he acariciado. Incluso he jugado a enraizarlos.

Una vez, mientras caminábamos por la playa, se me ocurrió un acto mágico. Me agaché en la orilla y le cubrí los pies con arena de la playa y conchas. Simulé enraizarla a esta tierra nuestra, para que se quedase siempre aquí y a mi lado. En aquel momento, ella me ofreció otro magnífico acto mágico y muy significativo, me dio toda una lección en un simple gesto. Yo le había cubierto por entero los dos pies, ella levantó el dedo gordo, abrió un hueco en la masa, estableció una grieta que generó un agujero, por donde se asomaba su dedo. Sus pies querían respirar. Me quedé petrificado. Comprendí el mensaje inmediatamente.

No se puede enraizar completamente a las personas, siempre se necesita un hueco por donde quepa el oxígeno, no pueden cubrirse todas las necesidades, hay que dejar espacios para lo personal, para otras inquietudes, para otras búsquedas. Yo, egoísta y algo estúpido quise hacerla de la misma tierra que yo, hacerla mía completamente, pero ella me reveló sus otras necesidades.

Mi mujer me acababa de dar una lección en mi propio lenguaje de gestos y símbolos. Denoté su sabiduría. Me enamoré de ella. Sentí que debía ser mi mujer. Quise ser su hombre. Que no nos separaríamos nunca más en esta existencia. Además como no moriríamos nunca, deberíamos pasar la eternidad unidos bajo cualquier forma de vida que el tiempo nos diese.


Mi corazón de lata echará de menos a mi mujer y a sus pies.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Noches pasadas por agua

Al final te saliste con la tuya. Con excusas de aniversarios accedí a invitarte a cenar, pese a que temía lo que podría pasar si quedábamos una noche más.

Tapear platos de nombres raros es uno de los pequeños placeres a los que sucumbo con facilidad. Suele ser el zaguán de una noche ahíta de sabores. Lucías muy guapa, y, aunque me negaba a mí mismo el mostrarme vulnerable, lo cierto es que estaba embelesado y no podía dejar de mirarte a los ojos oscuros. No aguanté mucho antes de decirte que estabas especialmente guapa esa noche, e incluso fui infiel a mis raras maneras y te cogí de la mano para pasear bajo la luna hispalense.

Me invitaste a acompañarte a casa. Ese hogar prácticamente vacío me recordó a la casa de Lee en Mi vida sin mí. Apenas había signos de vida: muy pocos muebles salpimentados con una escasa iluminación en forma de velas. La fuerza de la estancia radicaba por tanto en la potencia de dos cuerpos sonrientes que intentaban seducirse y unos vinos en los que empapar la conversación. Como buen agosto, hacía mucho calor, aunque no solo procedía del exterior.

- ¿Te duchas conmigo? – preguntaste a bocajarro a la tercera copa.

Cómo negarme. Una ducha conjunta es de los mayores placeres que se le concede a la desnudez. Me costó habituarme a ese cuerpo canijo, pero el jabón y su glicerina aceleraron mis manos temblorosas. Las cosquillas en mi espalda me dejaron k.o. La última vela se apagó y todavía estábamos en remojo.

El agua helada me impidió darme cuenta en ese momento, pero ya había caído en la tela de araña.

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lunes, 5 de julio de 2010

Yo, tú, el/ella, nosotros, vosotros, ell@s

Después de que Ell@s se metieran en medio, Nosotros no fuimos los mismos. Pensaba en Ti (sin tilde) a cada gesto, en casi todos mis movimientos, y me engañaba creyendo que tenía que pensar en Mí (es eso lo que siempre decís Vosotros). Lo que no sabía es lo feliz que estoy pensando en Ella.



Qué subidón al final

It's nothing but time and a face that you lose I chose to feel it and you couldn't choose I'll write you a postcard I'll send you the news From a house down the road from real love...

Live through this, and you won't look back...

There's one thing I want to say, so I'll be brave You were what I wanted I gave what I gave I'm not sorry I met you I'm not sorry it's over I'm not sorry there's nothing to save

martes, 29 de junio de 2010

Cita con Nines

Paso la mañana obsesionado por la visita de Nines, haciendo cosas tan impropias de mí como son ducharme, peinarme, cambiarme de ropa...

Todos los detectives se llaman Flanagan

domingo, 14 de marzo de 2010

Oren Lavie - Her morning elegance

Su elegancia al vestirse hizo que mi previsible día ocupado empezase con más alegría que en meses.

Después de estar sin dormir una noche entera, eterna, se rompía la magia con el sol filtrándose por las rendijas de la persiana, con el gato maullando, y con el olor a café Nespresso en la cocina.

El cuidado que ponía al abrocharse los botones, sus ojos cansados y brillantes... Atónito la miraba con mi gafas de mirar por primera vez. Los huesos de la cadera que se me clavaban, sus labios finos, los morados del cuello que yo mismo le había dibujado, todas aquellas aparentes imperfecciones en ella eran sublimes.

Terminó. Se fue, se esfumó esa elegancia, y desde entonces miro a la estancia vacía, y me pregunto cuando volveré a verla.



¿Repetimos? Natillas, Danone.

viernes, 26 de febrero de 2010

Scratch my nails on somebody else's back

Te tenía ganas.

Llevaba varias semanas observándote, tus gestos, tus miradas, tus muecas. Siempre he sido una persona simple, alguien que ante cualquier pequeño y nimio detalle acaba fascinado. Me obnubilaba que me contases tus miedos, tus deseos, tu aversión al azahar, tus ganas de viajar, y tu predisposición a venirte conmigo a alguno de mis viajes de trabajo.

Se dice que el roce hace el cariño, y a base de coincidir contigo más y más empecé a desearte. Me puse como límite aquel viernes, era el día X, no podía dejar pasar más tiempo, la perdiz estaba más que mareada. Los temas musicales, los bailes y sus contoneos y las cervezas hicieron el trabajo oculto.

Y al final me dejé llevar. Por fin solté la brida que me apresaba. Salté el trampolín de mi desconfianza, hice un carpado, doble tirabuzón, y entrada perfecta al agua.


No te pillaba de sorpresa. Tú también me tenías ganas. Los arañazos de mi espalda lo demuestran.

jueves, 11 de febrero de 2010

¿A estas horas te vas?

I hate it when you leave


...but I love to watch you walk away.


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jueves, 28 de enero de 2010

Alicia

Lunes mañana. El avión reposaba mientras reponían el queroseno. La ventana filtraba los rayos de sol a través de las impurezas que deja el tiempo en cada elemento. Leía, intentando evadirme de la estancia donde me encontraba, atestada de cuchicheos, abrigos de moda y bullicio.

Ella, en cambio, no tenía ninguna prisa, o no la demostraba. El Ipod (y sus auriculares blancos) le proporcionaban un ritmo alegre en el cuerpo sentado sobre las butacas ajadas de la sala nº 4. Rubia, pelo liso, alta, bastante delgada, atrapada en un traje imposible detrás del abrigo de ante, no entiendo por qué la miraba, era mi antítesis de lo bello.

Su cara me sonaba, aunque me resultaba imposible ubicarla tan pronto. Dejé de leer, y me concentré en escudriñarla. Pensé en acercarme y decirle que me era familiar, pero el demonio del hombro izquierdo me lo impidió. Como siempre.

-Pasajeros Vueling destino Sevilla, persónense en la puerta de embarque a la mayor brevedad posible – excretaban los altavoces.

Venía sentada tres filas más adelante, supe aprenderme su pelo al milímetro. El perfil de su nariz chata, el esbozo de unas pestañas largas y volubles. No pude mantener la atención por mucho tiempo, me quedé dormido; el fin de semana había sido intenso.

Me despertó el choque violento de las Nike del avión al pisar el suelo. Recogí mi equipaje, me coloqué el abrigo y el pañuelo, y salí del avión dos metros por detrás de ella.
- ¿Hago algo? - el demonio malo.
- Cállate la boca, no tienes que dar tú el primer paso, deja que lo dé ella y sea quien abra la veda - replicaba el ángel bueno.

Al salir por las puertas, mientras me colocaba las gafas de sol para enfrentarme a este mundo lleno de luz sucia, y teniéndola casi al alcance de mano, ella se giró, miró hacia dónde me encontraba, abrió los ojos estrepitosamente, tiró la maleta al suelo y cogió impulso hacia delante.

Y besó profundamente, con esos labios golosos y rosados que seguía sin saber a quién pertenecían (en ese momento) a un chico moreno, delgado y alto que la esperaba detrás de mí con una rosa en la mano.


Tuve que fiarme del demonio. La vida tiene esa urgencia. No hay tiempo que perder.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

La mirada navideña

Siempre recordaré el día deayer por una mirada que me atravesó los nervios ópticos y me llegó directamente a la médula ósea.

La mirada de Ella.

Llevaba el pelo muy corto, de color negro azabache. Vestía de rojo, un bonito traje, muy sugerente, a lo kimono japonés. Caminaba delante de mí. Contoneaba las caderas grácilmente. Iba escuchando música en unos auriculares azules y menudos. Oteaba todos los escaparates, hasta que justo uno llamó su atención, el de una tienda de bebés. Se paró, se giró, y su volumen aumentó. Estaba embarazada.

Tras unos breves segundos en los que soy incapaz de decidir si seguí andando o me quedé allí pasmado como un imbécil, embelesado ante semejante mujer, ella levantó la mirada y me clavó los dos focos. Sin dejar de tararear lo que supongo que era la melodía de la canción que escuchaba, pausadamente empezó a sonreír. Entonces hizo algo que nunca olvidaré. Se tocó la barriga muy despacio, como regodeándose. Y dejó de mirarme a mí para mirar hacia abajo, a su propio futuro.

Luego me miró de nuevo, más sonriente que antes, y siguió su andadura, más altiva y segura que nunca, mientras se abría camino entre la multitud de una forma más impactante que Moisés abriendo las aguas.

Ayer supe realmente, después de 500 anuncios estúpidos en todos los medios de comunicación, qué es la Navidad.