sábado, 3 de noviembre de 2012

Malditos labios rojos

Viernes de desgana, como el resto de la semana. Dispuesto a no quedarme un día más en casa y volver a la realidad, con el último de mis alientos decido ir a hacer un poco de deporte.

Empiezo a combatir sin apetencia, demasiada gente, apesta a sudor, el calor es asfixiante. No ha sido buena idea ir ya que mi cabeza sigue lejos, todavía hundida; redundan aún esas palabras mortificantes. Han transcurrido ya dos canciones y nada, no consigo ubicarme. De repente, este siguiente tema suena estimulante, poco a poco empieza a subir la cadencia. Entonces sucede el definitivo golpe de efecto: observo realmente su intensidad, su fuerza, su energía y su sonrisa. Y ese preciso instante, como posesa, grita: vamooooooooooooooooooooooooosssssssssss! justo en el momento en que Blade empieza a repartir patadas en el estómago. Es única, insufla vida. De repente el caos se vuelve orden, todo el mundo al unísono oscila de un lado hacia otro en una rigurosa coreografía agresiva . Siento vibrar cada una de mis células, ¿es por la música o por ella? Salto, brinco, muevo los brazos, me desplazo a los lados con la sonrisa puesta, no me la quiero quitar. Esta niña me hace sentir vivo, me vuelvo a dar cuenta de tan terrible efecto. Es hora de aceptarlo. Me alegra el día.

 …

No puedo dejar de mirarla. Esa energía desbordante, la ropa holgada, como le cae la camiseta desde un hombro, los movimientos seductores, cómo se aparta el pelo de la cara. Sus labios. ¡Esos labios! ¿Fue siempre así? ¿Dónde miraba yo antes que no la veía? Sigo bailando al ritmo que marca su cuerpo, la imito, me gusta cómo se mira en el espejo. Yo, en cambio, no miro el espejo, ésta vez no, el espejo me distorsiona sus formas suaves, prefiero mirarla de frente.



Termina la jornada y ella sale corriendo. A mis inquietos oídos llegan fortuitamente molestas noticias. El reverbero de su voz aún resuena en las paredes, rebotando hasta impactar en mis tímpanos. Esta desolación me pilla de sorpresa. Como una exhalación vuelvo a casa, rumbo a la ducha tibia. Y de nuevo labios rojos y más labios rojos. Me persiguen. ¿Con quién van a dormir esos labios rojos esta noche? Me siento un niño con una caja de Alpino en las manos, enfadado y pataleando porque no puedo jugar a mezclar esos colores con mis sábanas negras hasta que salga el sol.


Creo que me he enamorado de los labios rojos de Jane Joyd. 

No me meteré donde no me llaman. Run, horse, far. Run, run, run,run…


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